El revólver de la abuela Magdalena

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Dibujo de Jorge Mari: jorgekazbek

Beltroni había escuchado la historia cuando era muy chico, si acaso un niño. Alguien la contó en la sobremesa, seguro pensando que él no iba a captarla, mientras tomaban té de menta después de la cena.

Recuerda que había sido en verano, una noche de tormenta. Que alguien había entrado por el gallinero del fondo, porque las casas tenían gallineros y terrenos largos que iban hasta el corazón de la manzana, donde topaban con las tapias y los gallineros de los patios vecinos o con nada, y que la abuela Magdalena escuchó un ruido.

Hay espacios vacíos en su recuerdo del relato, puede ser que estuvieran ocupados por lo que la abuela Magdalena siguió escuchando en su silencio absoluto o por el lugar exacto donde decidió apostarse para no ser vista y ver mejor en la oscuridad de la noche. Que estaba sola, se sabe, porque su hermano estaba en el campo.

Pero sí hay algo que bien recuerda o bien hace en recordar Beltroni, que la abuela Magdalena, su bisabuela, la madre de su abuela, que él apenas había conocido cuando era aún más niño que la única vez en que escuchó la historia, no dudó aquella noche. Y aunque la historia se le había ido haciendo más confusa con el paso del tiempo, una certeza había ido creciendo desde la profundidad del recuerdo en forma de luz fulgurante.

Cuando llegó el día en que le preguntaron qué cosa quería de la casa de los abuelos, Beltroni no dudó en pedir el revólver de la abuela Magdalena. Es la primera vez que lo ve y que lo tiene, es de noche y está solo en su casa. Intenta recordar una vez más lo poco que sabe de la historia, y escucha un ruido en el patio.

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