Tips de un huraño

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Antes de contar las experiencias y dar consejos doy contexto.

Estoy casado, tengo una hija, un trabajo que me relaciona con una multiplicidad de personas, una familia, diversos círculos de amigos, desde los más añejos y apegados a nuevos y agregados, pero soy por naturaleza un ser huraño y tengo experiencia en el tema, así que dejo algunos consejos.

No le temas a la soledad. A veces las circunstancias nos empujan al aislamiento. En mi caso, hace años, cuando estaba terminando la universidad, me encontré en la coyuntura de escribir mi tesis en dos meses. Fueron 154 páginas en dos meses exactamente, dos meses sin salir de casa si no era para temas necesarios, como hacer las compras o ir por un libro adicional.

Como vivía en una casa bastante concurrida por mis amigos (vivía solo y tenía espacio), ellos llegaban a visitarme alternativamente, y hasta alguno organizó un asado al que asistí sin involucrarme en absolutamente nada. Solo me senté a cenar y luego a dormir temprano, mientras los demás siguieron tertuliando, como debe ser.

La mayor parte de los días estaba totalmente solo, escribiendo y leyendo, editando, pensando los capítulos, cocinando mis almuerzos, poniendo la lavadora, alimentado a mi gato. Internet era lenta y poco amigable. Sabía que para lograr mi objetivo necesitaba aislamiento, y me sentía a gusto con mis pequeñas rutinas; mates con criollitos a las 4 p.m., música para preparar la cena. Nunca me voy a olvidar que mientras picaba una cebolla se me presentó la conclusión de mi ardua tarea de compaginar un ensayo socio crítico sobre la literatura de autoayuda, allá cuando tanto estaba en boga.

Experimenta. La vida sigue, y el empuje social puede con cualquier huraño, sin embargo yo hice mi intento. Me fui un año a vivir a Madrid, una ciudad donde tenía apenas unos primos y un que otro conocido. El objetivo final, eliminar todos los distractores para escribir. El cuento es largo, pero al final terminé con nuevos amigos, unas historias que aún no soy capaz de escribir, y en los dos meses de mayor calor del verano, en un departamento solo para mí, en el multicolor barrio de Lavapiés. Hablaba mucho por Skype con viejos amigos de Argentina y en mis días libres (porque tuve que trabajar para mantener mi solitaria empresa) me la pasaba leyendo los libros y escuchando la música de los habitantes ausentes del departamento, que estaban de vacaciones. Pasó, que hasta personas inesperadas, de sitios remotos, amigos de amigos, llegaron por a verme. Logré escribir un cuento y a la distancia organizamos, con dos grandes amigos argentinos, un viaje por Bolivia y Perú que nos reencontró al terminar el año y me devolvió definitivamente hacia América Latina.

Encuentra tu espacio. “Mi soledad se siente acompañada”, dice Pablo Milanés en “Yolanda”. Hoy, que estamos hiperconectados, sobre estimulados, bombardeados de mensajes e historias, el aislamiento y la soledad debería ser un bálsamo, un lujo, además, en las tupidas agendas de estudiantes, trabajadores, hijos o padres de familia.

Estos días de aislamiento deberían servirnos para reflexionar, pensar en qué es lo que realmente nos gusta de la vida, qué cosas disfrutamos, qué espacios de la casa preferimos, con qué personas queremos relacionarnos. Yo, hoy, jugar con mi hija, releer libros amados, conversar con mi mujer, estar en familia; hacer un alto para contactar viejos amigos, preguntarles cómo están. Atrás quedaron las tardes enteras para leer o caminar sin rumbo por una ciudad desconocida. Me agrada haberlas tenido, porque soy de raíz huraña, y por eso les digo, no teman por estos días de aislamiento forzado, el mundo se lo agradece hoy y los volverá a incluir mañana.

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