Mermelada St. Dalfour: Costa Rica, diciembre

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Querida Teté

Si he vuelto a escribirte es fundamentalmente porque este tema de los audios no me convence, un soliloquio, una conversación asincrónica a medio camino, que intenta acercar lo que irremediablemente es lejano. Salvando las distancias, incluso existe gente que los utiliza aunque vivan en la misma ciudad. Como siempre, el primer párrafo es una excusa y la verdadera razón por la que te escribo es que te vi en un post de Instagram, aunque ya no estoy tan seguro, porque inmediatamente me apareció un anuncio de la mermelada St. Dalfour, que hace años me habías recomendado, en esa europeidad que bien han sabido conservar en Buenos Aires, y que hoy la excesiva apreciación de la moneda costarricense nos permite comprar a un precio similar o menor al de una mermelada de guayaba de manufactura local. Aprovecho para decirte que el dulce guayaba es el mejor descubrimiento que te puedo regalar, en retribución de tu generoso gesto de entonces. Es el equivalente, potenciado por los trópicos, de nuestra memelada de higos. Pero este tampoco es el fondo de mi mensaje, Teté, es que no pude dejar de pensar en las dos señoras Dalfour de Instagram, tan felizmente plasmadas, y hasta una noche soñé con el anuncio de la mermelada que vi en las redes sociales. La imagen, adquiere movimiento en mi sueño, cobra vida, pero se nota que es inventada, creada a partir de algo mal copiado de la realidad: las dos señoras toman café con leche y, envueltas por la clara luz de una mañana invernal, untan con la mermelada sendas tostadas que sostienen como sus sonrisas y maneras de expresarse refinadas; y todo lo que al respecto debería ser para ese segmento de venta, salvo yo, que paradójicamente salgo del sueño que contemplo con evidente asombro y voy a un supermercado de este pequeño país centroamericano, cualquier día a comprarla. Mudarse de país en América Latina, es como cambiarse de camarote en el Titanic, le escuché decir a un hombre de negocios. Parece que vivimos dentro de nuestras propias ficciones, pero es peor que eso, nos volvemos a contar lo que otros ya nos contaron, nos convertimos en la sombra de nuestros relatos, ni siquiera somos actores. Nos queda, puedo decirte, algunos sentidos que aún pueden conectarnos genuinamente, como el gusto por las mermeladas.

Felices fiestas.

Enrique, Costa Rica, diciembre 2025.

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