Muerte natural

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Por su aspecto rústico y ensimismado, podría haberse dicho que acaba de salir de un texto de William Faulkner. Si bien era evidente de que se trataba de hombre mayor, era difícil determinar su edad y aunque las inclemencias de la vida rural se habían imprimido en su cara, su cuerpo era delgado, erguido y fuerte como el de una persona joven. Estaba haciendo su primera ronda de control de plagas en el arrozal, en esas clarividentes primeras luces de la mañana, antes que el sol opresivo y cenital de los trópicos fulminara cualquier contraste. A pesar de su vasta experiencia sobre el terreno, los canales de riego y el comportamiento estacional de la fauna, no pudo predecir, esta vez, que el ‘lagarto’ lo atacaría desde atrás. Dijeron unos vecinos que no tuvo tiempo de defenderse y que, por lo tanto, no sufrió, pero que muy probablemente supo sobre su muerte segura, en el mismo instante en que moría. Era de apellido Scott, y era alguien discretamente conocido en el gremio de los arroceros de un pequeño país centroamericano.

A esa hora, su mujer, Bárbara, debía estar preparando el desayuno para cuando don Scott terminara la primera ronda. Pero esa madrugada, poco antes de la hora en que dejaba la cama, que era justo cuando su marido salía, soñaba un sueño esperanzador y cálido. Sonaba el teléfono viejo de la casa, que todavía conservaban, igual que a la pequeña Finca, aunque ya casi nadie fuera ni llamara. Le hablaba su madre, su voz sonaba plena y le decía que estaba jugando a las cartas en el club con su grupo de amigas, que se fuera rápido a encontrase con ellas, y algo más sobre lo bien que lo pasarían. Barbará dudó, intuyó que algo andaba mal. Ya casi era la hora de preparar el desayuno, pero le dijo que iba para allá y ya no despertó.

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