Ella tenía las uñas increíblemente largas y pintadas, y las cejas y las pestañas también tenían ribetes estéticos elocuentes, y hasta ahí llegaron mis observaciones, porque estaba sentada al otro lado del escritorio y porque lo mío era un trámite para el que llevaba dos pilas grandes de papeles, documentos que no se solicitaban, pero que yo iba acumulando, como prueba del rastro de mi existencia, de una trayectoria descente. Entonces, cuando llegamos al tema de la educación, desplegué mis diplomas de grado y posgrado, de aquí y de allá. Pero no, era mi examen en estudios sociales lo que se me estaría solicitando, y no cualquier examen, uno que era especial y solo el Ministerio de Educación lo impartía, una vez al año, que no importaba cuántos estudios universitarios tuviese. Me lo dijo con una delicadeza especial; asumo que intentaba no ofenderme, ella que era una rechazadora serial de paisanos. Entonces apelé al bueno del sentido común, que hacía 10 años que vivía en Costa Rica y tenía dos hijas costaricenses, y que incluso una de ellas ya estaba estudiando los famosos estudios sociales; sin querer fui sarcástico y me arrepentí al instante, así que pasé rápidamente al capítulo de las empresas donde había trabajado, domicilios que había tenido y hasta mis colaboraciones periodísticas con medios de comunicación nacionales para dar señales concretas de mi compenetración con el ser costarricences. Era un día nublado de octubre o de noviembre, algo que yo ya me sabía requetebién, todos los días nublados que tenemos en la recta final de cada año, antes de los vientos de navidad, los alisios, los del norte, lo que sea que se lleve la resaca de las cuarenta y pico ondas tropicales que nos tuvieron en remojo por al menos 3 meses. Finalmente cuando me quedé sin nada que decir, y sin nada que pensar, sin tener un plan B, ni un próximo paso ella hizo un movimiento con sus dedos, y sus uñas, sin presionar ninguna letra del teclado, acompañado este ademán con una expresión que, enmarcada por sus cejas y pestañas visiblemente intervenidas, terminó por componer un gesto realmente soberano, un esfuerzo por recuperarme de aquel pozo apátrida donde había caído sin remedio y sin razón, para decirme, que si mis hijas estaban dentro de un matrimonio, a lo que yo contesté claramente que si, y que si usted está casado con una costarricense, y yo de nuevo, aunque con menos fuerza y más temor, ahora que estaba regresando de esa omisión gravísima, que me estaba costando más que hacer mi propia patria, confirmé afirmativamente; entonces me dijo que no necesitaba ningún examen de sociales, ni ninguno de todos esos papeles. Ya era costarricense.
